Llego a la vida adulta con una sorpresa. Sonia debió dejar su hogar en el altiplano guatemalteco para emigrar a la ciudad de Guatemala. La incertidumbre, la curiosidad y el encuentro con una nueva realidad se presentaban así: su primer trabajo, el ingreso a la universidad y la búsqueda de su nuevo apartamento. Sus padres, quienes trabajaron arduamente como profesionales de la salud en la localidad, le daban el empujoncito a Sonia para que tomara las riendas de su vida en la gran ciudad.
A pesar de estar acostumbrada a las haciendas espaciosas que están entre el barro y cafetales de la provincia, esta vez en la ciudad se le presentaba un nuevo escenario: edificios con espacios habitacionales estrechos y vecinos que a pesar de la cercanía parecían muy distantes. ¡Ring ring!, suena el reloj despertador en el amanecer brumoso, en la casa de su tía.
Se levanta, saluda a su tía Ana y después del desayuno sale al zaguán, en el piso en una bolsa de plástico el pan francés de la mañana que el panadero motorizado había dejado horas antes al amanecer. Y del otro lado, el periódico. Sonia esta con un fin en mente: ojear los clasificados y así rentar un apartamento. “Rento: Apartamento en el último piso del edificio topacio azul, 1 habitación, comedor y cocina y un pato”. Decía el clasificado. ¿Un pato? La curiosidad embargo a Sonia. Tomo el celular y se dispuso a llamar. La información fluyo de una forma rápida hasta llegar a la pregunta de por qué un pato. — –Le explico–, replico la dueña:– El día de la inauguración del edificio en pleno coctel, cayo un pato desde el cielo a la terraza. Y lo demás ya es historia. Lo adoptamos, dicen que en oriente es signo de buena suerte. Así que desde entonces los inquilinos del apartamento 6-26 deben tomar el apartamento con la condición de cuidar del pato que está en la terraza. — Sonia responde: –Yo tomo el apartamento 6-26. Estudiare veterinaria. — Días más tarde estaba mudándose para conocer a su nuevo compañero de casa: El pato Waldorf.