Llegaron las vacaciones después de un largo año de trabajo. Charlie ya tenía un plan: iría a Acadia National Park al norte del estado de Maine. Preparo su bicicleta de montaña, su equipo de camping, una hielera y se fue en un viernes de verano.
El trayecto fue largo, paso por las carreteras entrecortadas de piedra caliza, pinabetes y montañas hasta llegar a su destino, no sin antes parar en la casa de Arnold, un pescador de langostas que tenía en una pecera doméstica en su casa los deliciosos manjares.
El destino lo sorprendió: el mar que chocaba con la costa rocosa y espuma blanca contrastaban con la briza del verano y arboles a las orillas con flores que deja la primavera a su paso. Se conjugaban los vastos espacios en un silencio que invitaba a la reflexión y meditación.
Llegada la noche se albergó en el Hotel Oceanside. Una vista de la costa con un ventanal rustico fue la antesala para disfrutar de la estadía. Ring…ring…ring sonó la alarma a las seis de la mañana del día siguiente; ¡amaneció! tomo una ducha, fue al comedor del hotel y desayuno unos panqueques de arándanos con miel de maple y una taza de café de Guatemala.
Salió y se dirigió a la reserva natural para instalarse en el área de camping. El resto de la semana lo pasaría allí, explorando y disfrutando. Luego, tomo su bicicleta y se fue a dar una vuelta en el área. Iba preparado: su celular, snacks, agua pura y un sándwich de mantequilla de maní.
Horas más tarde Charlie estaba cansado. Decidió parar en la costa a tomar un poco de aire, comer algo y tomar agua. Se sentó en una roca y disfrutaba del mar cuando a lo lejos sobre la costa rocosa vio la mano de alguien quien le saludaba de lejos. Se levanto y con asombro saludo sin saber quién era.
El individuo empezó a correr entre las rocas rumbo hacia él y cuando se acercó le dijo gritando—¡Ayuda… ¡Ayuda, se está ahogando! —Charlie por su parte replico— ¿Quién? — el individuo respondió: —¡Llama a los bomberos, rápido, no tengo celular! —.
En aquel escenario tan inhóspito no había nadie alrededor en la inmensidad de la reserva natural. Charlie fue el único que tenía a su mano el celular y llamo al 911 quienes respondieron al llamado y por la distancia pudieron llegar al lugar en helicóptero.
—¿Cómo te llamas? —Le dijo Charlie. —Soy Fred—. Este le dijo a Charlie –Vente conmigo tratemos de salvarlo. —
En la escena había un buzo con su equipo tratando de salir del agua, pero la marea no lo dejaba, estaba por topar en una de las rocas de la costa. Se estaba ahogando. Fred bajo y tomo a Charlie del brazo frente al oleaje y trato de tomar al buzo por atrás, donde estaba el tanque de oxígeno mientras los bomberos llegaban.
Lograron a sacarlo del agua, pero estaba moribundo, el teléfono celular sonaba y Charlie contestaba a la operadora quien le daba instrucciones de cómo proceder. El helicóptero bajo y se llevó al buzo.
Una semana después estaba Charlie en su oficina cuando uno de sus compañeros dijo en voz alta—Miren lo que dice el periódico: montañista le salva la vida a un buzo—
—Fui yo—dijo Charlie. Todos en la oficina se sorprendieron ya que recordaron que las vacaciones de verano el montañista las pasaría allí.
Minutos más tarde sonó el teléfono y Charlie contesto—¡Alo! —le respondieron —¿Hablo con Charlie? —si soy yo—dijo. –Le hablo del periódico La Centinela, a nuestra redacción vino la esposa del señor Anderson, a quien usted le salvo la vida. Quiere agradecerle invitándolo a almorzar a su casa de campo a las orillas de Cape Elizabethel domingo.
Charlie llego con unas bermudas de verano y una botella de vino. El verano lo invitaba a estar relajado. La casa de campo era una mansión y tenía una vista de la playa hacia la ciudad de Portland. El señor Anderson lo esperaba convaleciente y el chef de la casa preparaba unas Langostas al termidor para degustar, el platillo favorito de Charlie
En la pared principal al entrar a la casa había una plaqueta conmemorativa que decía: —William Anderson, presidente del grupo editorial La Centinela—Charlie le había salvado la vida a uno de los personajes más influyentes del estado, filántropo, amigo de artistas, políticos y de la sociedad afluente norteamericana.