Ya lo había revelado el profeta 700 años antes de su muerte con estas palabras:
“Después de aprehenderlo y juzgarlo, le dieron muerte;
nadie se preocupó de su descendencia.
Fue arrancado de la tierra de los vivientes
y golpeado por la rebelión de mi pueblo” (Isaias 53,8)
La pasión, muerte y resurrección de Jesucristo representa para alrededor de 2700 millones de cristianos en el mundo—aproximadamente un 25% de la población mundial—el culmen de la vida y de la Fe.
Jesucristo inmolado y luego despreciado por su pueblo es llevado a la muerte y una muerte de cruz en donde según la tradición cristiana purgo por los pecados de la humanidad.
Su pasión y muerte es vista como una muestra de amor de Dios hacia la humanidad a través del sacrificio de Jesucristo quien fue tan humano como divino.
Vivió todas las emociones y desavenencias de la vida humana. Se hizo uno de nosotros para mostrarnos que Él está en medio de todo lo humano: de las dolencias, sufrimientos, alegrías y victorias propias de la vida
Sin embargo, no todo estaba consumado con su muerte. Posteriormente venció a la muerte con la resurrección. La vida cristiana no tendría ningún sentido sin la resurrección de Jesucristo—dijo San Pablo—el mas grande de los apóstoles.
Hablar de la resurrección de Jesucristo es hablar de su trascendencia entre la historia de la humanidad. Esa trascendencia, como el mismo lo dijo “cuando me vaya les dejare al Espíritu Santo, al consolador”—refiriéndose al Espíritu quien guía los caminos de los creyentes y lo ha hecho por más de 2000 años en la historia. Su resurrección es pues una muestra de que Jesucristo y su Espíritu siguen más vivos que nunca.
Despreciado, inmolado, sufriente, enfrento a la muerte, pero al final ¡Resucito! ¡Aleluya!