No se celebra la muerte sino la memoria de la vida de los difuntos. Cada año el guatemalteco se confronta con la realidad de conmemorar a los que ya no están, quienes por fortunios de la creencia ya gozan de la eternidad.
Recordar la realidad del “perecer” y del “deceso” es un acto de valentía ante los “slogans” que le dan merito a la vida y no al hecho puro de morir en la época moderna.
Y con esto las familias en Guatemala visitan los comentarios para limpiar, pintar las tumbas de los difuntos con flores, comida tradicional y un poco de aguardiente.
El fiambre—un platillo emblemático y tradicional de la época, preparado con carnes frías, embutidos y vegetales encurtidos—se hace presente en los hogares de los chapines y el colorido de los sabores hacen del asueto un lugar para conmemorar en familia.
La tradición tiene sus orígenes con matices “mixtos” que combina la época prehispánica y la tradición católica. La primera con los rituales de los pueblos originarios quienes muestran “rituales sagrados” para venerar y recordar a sus ancestros dando lugar a expresiones artísticas, gastronómicas y espirituales que se practican en todo el país.
La segunda fue la influencia católica que llego con la evangelización en el siglo XVI, para pedir por los santos y fieles difuntos.
En lugares emblemáticos del país se elevan al cielo enormes barriletes hechos de papel de china y bambú, en el “festival de barriletes gigantes” y en otro lugar del país “la carrera de las cintas”—una festividad ecuestre, llena de color, música y trajes típicos.
Parecería contradictorio el hecho de pensar en “darle vida” a los difuntos. Pero en realidad no lo es. Es una “honra”, un “recuerdo” y la “esperanza” de un reencuentro en la posteridad del más allá para el guatemalteco.
¡Así se vive en Chapinlandia…tierra de árboles!